Peregrinaciones de una paria

PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 95 y en fin por m pantomima de los actores, logré com– prender el conjunto. Los cristianos van a la tierra del islamismo a com– batir a los turcos y sarracenos, para atraerlos a ' la ver– dadera fe. Los musulmanes se defienden con obstinación; tienen a su favor la ventaja del número; los cristianos hacen la señal de la cruz, pero con todo van a sucumbir, cuando la Virgen Nuestra Señora, dando el brazo a San José· y acompañada de un largo séquito de niñas, llega donde el ejército cristiano. Esta celeste aparición reani– ma el entusiasmo de los cristianos. En segu!.da se pre– cipitan sobre los musulmanes gritando: ¡Milagro, mi• lagro ! La ocasión es propicia, pues, éstos, petrificados, pa– recen haber olvidado el uso de sus armas y su admira-· ción es bastante motivada por la vista de esa multitud dE: bonitas . muchachas, de todos los matices de colores, con la cabeza ceñida de una aureola de papel amarillo, las cuales se mezclan con los soldados. Los musulmanes te– men herir a estas hurtes del paraiso y hay, me parece, deslealtad por parte de los cristianos, en aprovechar de esta circunstancia para caerles encima. En suma, el sul– tán y el emperador de los sarracenos son derrotados Y despojados, con ultraje, de las insignias de su poder. En este estado de miseria, prefieren ser reyes cristianos que monarcas destronados, imploran la misericordia de la V~rgen • Nuestra Señora y se hacen bautizar así como to– dos sus soldados. Crei comprender que la gloria de esta gran conversión correspondía mucho más a las compa• fieras de la Virgen que a los soldados de su hijo. Sea lo que fuera, la Virgen parece encantada con esta con– versión en masa. Hace muchas cortesías al sultán y al emperador; nombra al primero patriarca de Constanti• nopla y al segundo arcipreste de Mauritania, conserván– doles su poder temporal. Uno y otro juran, sobre el cru– cifijo. traído sobre una fuente de plata, hacer pagar anualmente el diezmo al clero católico en sus vastos Esta– dos y el dinero de San Pedro al Papa de Roma. A una señal dada por la santísima Virgen, el coro de jóvenes can– ta h,ñ-i.;o-.os y cánticos a los que responden, a voz en cuello.

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