Peregrinaciones de una paria
PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 89' narse a las casas sobre mi, estremecerse ·el piso y el cielo vacilar como cuando está uno en el mar. Entonces comprendi todo el horror que se apodera del corazón hu– mano en presencia de una plaga que le hace sentir pro– fundamente su impotencia. ¿Esos temblores son frecuen– tes en el país? -Hay a veces tres o cuatro en el mismo dia. Es raro que pase una semana sin que se sienta uno más o me– nos fuerte. Debemos esto a la vecindad del volcán. Doña Carmen se quedó conversando conmigo. Sen– tada sobre mi cama, · fumaba sus cigarrillos y me referia todas las .desgracias sin número que en diferentes oca– siones los temblores habían causado en el país. Hacia las siete, se hizo sentir un ruido sordo, que parecía venir de 1as entrañas de la tierra: ¡era· su voz! lMi prima lanzó un grito de espanto y se precipitó fuera de la habitación. Tenia yo los ojos fijos, en ese momen• to, en una grieta bastante pequeña- que habia en el cen~ tro de la bóveda. Esta grieta se entreabrió de repente './ las enormes piedras se dislocaron. Crei que toda esa masa iba a desplon:;iarse sobre mi cabeza y hui espanta– da. Esta sacudida fué menos fuerte que la primera. Re– gresamos, de nuevo, y angustiada me acosté. Confieso que estaba trastornada. Mi prima se sentó cerca de mí ;j 11.a expresión de su rostro me dió miedo. -¡Execrable pais! -exclamó con un acento de furor concentrado-, IY. pensar que estoy condenada a quedarme en él! -Prima, si le parece tan execrable ¿por qué se queda usted? -¿Por qué, Florlta? Por orden de la más dura de las leyes, la de la necesidad. Todo ser privado de fortuna. depende de otro, es esclavo y debe vivir donde su amo lo ate. Y mi prima re~ó los dientes con un movimiento de rebeldia, el cual me probó que no estaba organizada para la esclavitud. La miré y le dije, con un sentl.miento de superior!-, dad cuya expresión no pude repr1m1r ~
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