Peregrinaciones de una paria
PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 87 to estaba lleno desde la mañana hasta la noche con estos oficiosos amigos, quienes venían a comunicarme sus temores, sus consejos o sus extravagantes proyectos. Es– cribí carta sobre carta; mi prima, la señorita Goyeneche y otras personas escribieron también. Don Pío no daba ninguna réspuesta. Estaba, en ese momento, completa– mente desacreditado y esta circunstancia feliz para mí, ponía de mi parte a todo el mun.do . Por fin, el vigésimo primer día después de mi llegada, todos recibieron una cm1testación y todas esas mlsivas estaban escritas con tanto arte, que el ilustre Talleyrand, hubiera podido reivinu,car el mérito de haber concebido estas obras de arte de diplomacia. Mi tío estaba hec'ho para devenir el primer ministro de una monarquía absoluta. En los tiempos di– fíciles, hubiera dej ado muy lejos, tras de sí, por la su– perioridad de su talento, a los hombres de estado más notables. Los Nesselrode y los Metternich hubieran pa– lidecido a su lado. El también se quejaba a menudo del destino que lo reducía a intrigar sordamente, para llegar a la dirección de los negocios de una miserable republi– quita, cuando se sentía con los dotes necesarios para di– rigir los de una gran monarquía. Me decía a veces: "Si sólo tuviera cuarenta o cincuenta años, me iría inme– diatamente a Madrid y pediría sólo dos meses para des– tronar a los grandes dirigentes de San Ildefonso de tal suerte que tendría todos los resortes del gobierno entre mis manos''. . Esta primera carta de mi tío tuvo el resultado que probablemente esperaba. Me demostraba tanta benevo– lencia, recordaba los servicios que mi padre le había hecho, con tanto reconocimiento, que creí su corazón abierto a todo mi afecto y poder contar con su justicia. Era necesario ser tan ignorante del mundo como yo lo era para dejarme engañar por las hermosas palabras de don Pío. ¡Ay! Tenía necesidad de cariño, creía en la. probidad, en el reconocimiento, y si por instantes, me venían ideas de desconfianza contra mi tío, las recha– zaba con todas mis fuerzas, obstinándome en negar el mal que me decían de él. Toda su correspondencia, du-
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