Peregrinaciones de una paria
PEREGRINACIONES DE UNA P~RIA 85 nas y censuraron en alta voz su conducta. El infortu:ia– do pudo entonces apreciar los seres inmundos a quienes Jlabía prodigado sus riquezas. Sin recursos, abandona– do de todos, regresó, por instinto, cerca clt: la. mujer a quien había humillado y abandonado, a pedirle asilo. Ella lo recibió, no con cariño, pues ese sentimiento no _podía ya renacer en su corazón, sino con ese secreto pla– cer, que sienten las personas de su carácter, de ejerce.r ' una noble venganza, que exalte su superioridad. El des• graciado pagó caro los desórdenes de su vida. Estu va :en cama dieciséis meses, sufriendo las más crueles tor• ,turas. Durante esos dieciséis meses, su esposa no lo de• ·ttó un instante: fué a la vez su enfermera, su médico, 11n sacerdote. Habia hecho colocar un sofá cerca del le• cho de dolor y de noche y de día, estaba allí, lista a asis• tirlo en todo. ¡Qué espectáculo para ella! ¡Qué aversión ~ desprecio abrigaba hacia la especie humana! Veía mo• rlr en la flor de la edad a ese joven a quien .había ama• 1 clo, pero en -estado de decrepitud, pues a tal punto lo ha..: ibía envejecido el libertinaje. Y lo veía morir con co- 1:>ardia. ·En esta circunstancia, doña Carmen, mostró ;una fuerza de carácter no desmentida una sola vez; su– frió, con una paciencia admirable, los caprichos, las re– pulsas y los accesos de desperación del moribundo. Es– ta larga enfermedad agotó los últimos rec1,1rsos de mi desgraciada prima. Después de la muerte de su marido, quedó reducida a vivir de nuevo donde su tia, con su hi– Oa, único vástago que babia tenido. Desde entonces, su vida había sido un suplicio de todo momento. Sin fortuna, deseaba siempre vivir en sociedad, mantener un rango y se veía obligada sin ce- 1far a recurrir a una tia dura y avara. La pobre Carmen tenia apenas con qué hacer frente a sus necesidades, aunque presentara las apariencias de lujo. Cuando llegué a :Arequip~ hacia doce años que era viuda y doce años que tvegetaba, ocultando su miseria real bajo las apariencias de la opulencia. Cada año pasaba seis meses donde flU tia, en un Ingenio azucarero situado en Camaná, cerca del de mi tio Pio. A ella no le gustaba vivir en el ca.m-
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