Peregrinaciones de una paria
84 FLORA TRISTAN nen su razón de ser. Esopo, así como Alcibíades, fué do• tado por la Providencia, de las formas más convenien• tes al destino que le estaba reservado. Censurar la obrai del Creador es poner a nuestra inteligencia por encima de la suya. El hombre en demencia, que al aspecto de la; sociedad lanza una risa convulsiva, es menos insensato que el individuo que ve, en la configuración de una. planta, de un hombre, de un ser cualquiera, salidos de la mano de Dios, un objeto de burlas y de ultrajes. Después de esta infructuosa tentativa, doña Carmen no profirió una nueva queja, no hizo oir una murmura– ción y exagerando la perversidad humana, expulsó, des• de entonces, todo afecto de su corazón para no dejar lu• gar sino a sentimientos de desprecio o de odio. Mi pri• ma, con el fin de aturdirse, se consagró al mundo. Y aunque privada de fortuna y de belleza, su espíritu atraía siempre a su alrededor a un cJrculo de adoradores. Doña Carmen tenia demasiado discernimiento para no comprender la causa de las adulaciones que le dirigían y aprendió así en el curso de sus coqueterías, a conocer el corazón humano. Mientras más avanzaba en este co– nocimiento; aumentaba más su desprecio por la raza hu– mana. · SI mi prima hubiera tenido el menor sentimiento religioso. en lugar de espiar los vicios de los hombres con el objeto de alimentar su odio, hubiera tratado de descubrir sus inclinaciones al bien, se hubiera esforza– do en hacerlos mejores. Pero Dios no entraba en sus pen– sam_ientos, tenia necesidad de la sociedad de esos mismos '.hombres a quienes despreciaba y les prodigaba lisonjas para ser lisonjeada a su vez. Al cabo de diez años de matrimonio, su marido, que entonees tenia treinta, volvió donde ella. Había disipa– do toda la. fortuna que ambos poseían, se había endeu– dado en todas partes y era presa de una horrible enfer– ru.edad, aue ningún médico pudo conocer. Mientras ha– bíii tenido oro, las cortesanas y aun las hermosas seño– ras, se habian disputado a este guapo mozo· pero cuan– do no le quedó ni un peso, esas mujeres d~sverg¿nza.das lo rechazaron con desprecio, le dirigieron risas burlo-
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