Peregrinaciones de una paria

PERÉGRINACION'ES DE UNA PARIA 329 daño nuevamente. Mi cabeza estaba inclinada sobre su brazo y una lágrima cayó sobre él. Esta lágrima hizo, so– bre esta desgraciada, el efecto de una chispa eléctrica. Salió de su visión. Se volvió hacia mi de manera brusca, me miró con sus ojos resplandecientes y me dijo con una :voz sorda y sepulcral: -¿Por qué llora? ¿Mi suerte le inspirf!. lástima? ¿Me cree usted desterrada para siempre, perdida ... , muerta, en fin?.. . . No pude hallar una palabra para respanderle · como me había empujado rudamente de su lado, me e~contré de rodillas delante de ella; crucé las manos con un mo– ,vimiento maquinal y continué llorando mientras la mira– ba. Hubo un largo momento de silencio; pareció calmarse Y dij.o, con una voz desgarradora: -¿Lloras, tú? ¡Ah! ¡Bendito' sea Dios! Tú eres joven, hay todavía vida en ti, llora por mí que ya ~o tengo lá– grimas ... , por mi que ya no soy nada ... , por mí que es– toy muerta... Al terminar estas palabras, cayó sobr·e su almohada, puso las manos en cruz sobre su cabeza y lanzó tres dé– biles gritos. Acudió su hermana, vino Escudero, todos se apresuraron en prodigarle los cuidados m&.s afectuosos; y yo de pie, cerca de la puerta, contemplaba a esta mujer: no ·nacía ningún movimiento, no respiraba ya, tenía los ojos desmesuradamente abiertos y brillantes. El capitán me arrancó a este triste espectáculo, anun– ciándome que los visitantes debían pensar en retirarse, porque se levaba anclas. M. Smith vino a recogerme, es– cribí con lápiz dos palabras de adiós a Escudero y me, fui. Cuando subíamos al coche, vimos a la Jeune Henriette a lejarse de la rada. Distinguí en la cubierta a una mujer envuelta en una capa obscura y los cabellos desgreñados; extendia los Lrazos hacia una chalupa y agitaba un pa– fiuelo blanco. Esa mujer era la ex presidenta del Perú, di– rigiendo su último adiós a su herrr.,,r ~ y a sus amigos a quienes no debia volver a ver. Re$l'esé a mi cu.:.rto, enferma. Esta mujer estaba

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