Peregrinaciones de una paria

328 FLORA TRISTAN -He consultado a todos los médicos y hecho exacta– mente cuanto me han prescrito; sus indicaciones no han: tenido éxito; el mal aumenta mientras más avanzo en edad. Esta enfermedad me ha per.fudicado .en todo lo que he querido emprender; cualquier emoción fuerte me causa en seguida un ataque. Usted puede juzgar por allfl cuántos obstáculos he debido oponer a mi carrera. Nues– tros soldados son tan poco expertos y nuestros oficiales tan cobardes, que me babia resuelto a dirigir yo misma; todos los asuntos importantes. Desde hace diez años Y, mucho tiempo antes de tener la esperanza de hacer nom• brar presidente ·a mi marido, asistía a todos los comba• t es, para acostumbrarme al fuego. A menudo, en, lo más fuerte de la acción, la colera que sentia al ver la inercia y la cobardía de los hombres a quienes mandaba, me h acia arrojar espuma de rabia y entonces comenzaban mls ataques. No· tenia sino el tiempo de echar ple a · t irrra, muchas veées los caballos me han pisoteado y m is servidores me han llevado como muerta. ·¡Pues bien. F lorita! 1.Creerá usted que mis enemigo::¡ se han servido con tra mi de esta cruel enfermedad con el fin de des– a C'reditarme en el espiritu del ejército? Decian por to- das partes .que era el miedo, el ruido del cañón, el olor. df' ta pólvora lo que me atacaba los nervios y me des– vanecia como una marquesita de salón. Le confieso, son estas calumnias las que me han endurecido. He querido harerles ver que no tenia miedo nl de la sangre, n1 de la muerte. Cada t·evés me hace más cruel y si. . . Se <lf'tuvo y P.levando los ojos al cielo, parecia conversar. cnn un ser a quien ella sola veia. Después me -dijo: "Si, d Pi o mi país para no regresar jamás a él y antes de dr,s meses con usted . . .'' Algo que no era de la tierra po– rli a únicament e darle- la expresión que tenia su rostro al prnnunc!ar estas ·palabras. La contemplé entonces: ¡ahl, ¡qué cambiada ta encontraba desde la visperal ¡sus meji• llaf; se habian adelgazado, su tez estaba livlda, Slls labios p á:ictos, sus ojos hundidos y brillantes como relámpagos! ¡qué frías t enía sus manos! La vida parecia abandonarla. No me atrevia a decirle una palabra, pues, temia hacerle

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