Peregrinaciones de una paria

S26 FLORA TRISTAN ciales de exterior grave, de aire mllitar y cüya expresión contrastaba de una manera extraña con la que les había. ·– visto en casa de Mme. Denuelle. El comandante me ha– bía recibido con una fría cortesía y la etiqueta reguló todas las demostraciones mientras estuvimos a bordo. Nos retiramos tndos muy admirados del cambio de tono y de maneras que habiamos observado en los oficiales de la. Samarang y fué, pasta nuestra llegada a Lima el objeto de nuestra charla. La impresión que me habia dejado mi conversación con la señora Gamarra me agitaba de tal manera que no pude dormir por la noche. ¡Qué multitud de pensa– mientos asaltaron mi espíritu! Por un poder de fascina– ción yo había leído en el alma de esta mujer, envidiada. durante tanto tiempo y cuya vida en apariencia tan bri• llante babia sido, sin embargo, tan miserable. No pude, sin temblar, pensar en que, durante un tiempo había. formado el proyecto de ocupar la posición de la señora. Gamarra. ¡Qué!, me decía, ¿eran esos los tormentos que me estaban reservados si hubiera tenido éxito en la em– presa que meditaba? ¡Hubiera sido también presa de los dolores, de las humillaciones y de las ansiedades! ¡Ah! ¡cuánto más nobles y preferibles me parecían mi pobreza. Y mi vida oscura con libertad! Experimentaba un senti– miento de vergüenza por haber creido un instante en la. felicidad de la carrera de la ambición, y que pudiera. existir compensación en el mnndo, por la pérdida de la 1ndependencia. Regresé al Callao. La sefiora Gamarra babia dejado el William-Rusthon y se hallaba a bordo de otro barco inglés, la Jeune Henriette que zarpaba el mismo dia para Valparatso. Cuando llegué, encontré a Escudero pálido, con el aire abatido. -¿Qué tiene usted -le dije-. mi pobre amigo? Pa• rece enfermo. -Lo estoy efectivamente. he pasado una noche muy mala. Doña Pancha ha ténldo tres ataques horrorosos . .·. No sé de Qué tema ha podido usted conversarle: cero

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