Peregrinaciones de una paria

320 FLORA TRISTAN rlda Florita, que si el coco de los arequipeños le parecia digno de figurar en su diario, la gran coco del Perú ¿no debía también hallar un sitio en él? Hablando así, me condujo a la extremidad de la. toldilla, me hizo sentar junto a ella y despidió con la mano a los importunos que tenlan el deseo de seguirnos. Prisionera, doña Pancha era todavía presidenta; la es– pontaneidad de su gesto manifestaba la conciencia que tenía de su superioridad. Ninguna persona permaneció en la cubierta, aunque corrido el toldo fuera el úni<;:o sitio en donde se estuviera protegido de un sol ardiente. Todo el mundo quedó abajo o en -el puente. Me exami• naba con gran atención y yo la miraba con no menos interés, todo en ella anunciaba a una mujer excepcional, tan extraordinaria por el poder de su voluntad como por el gran alcance de su inteligencia. Podía tener 34 ó 36 años, era de talla mediana y de constitución robusta, aunque muy delgada. Su rostro, según las reglas con que se pretende medir la belleza, no era ciertamente her– moso; pero a juzgar por el efecto que producía sobre todo el mundo, ultrapasaba a la más bella. Como Napo– J.eón, todo el imperio de su belleza estaba en su mirada. ¡Cuánto orgullo!, ¡cuánto atrevimiento!, ¡cuánta penetra– ción! ¡con qué ascendiente irresistible imponía el respeto, arrastraba las voluntades y cautivaba la admiración! El ser a quien Dios concede esa mirada no necesita de la palabra para gobernar a sus semejantes. Posee un poder de persuasión que se soporta y no se disputa. Su nariZ era larga, con la punta ligeramente arremangada; su boca grande, pero expresiva¡_ su cara larga; las partes huesosas y los músculos fuertemente pronunciados; su piel muy trigueña, pero llena de vida. Tenía una enorme cabeza coronada por largos y espesos cabellos que des– cendían hasta la !rente; eran de un castaño oscuro, bri• llante y sedoso. Su voz tenia un sonido sordo, duro e im• perativo; hablaba de una manera brusca y seca. Sus movimientos eran graciosos, pero traicionaban constan– temente la preocupación de su pensamiento. Su vestido fresco y elegante, de los más esmerados, formaba un

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