Peregrinaciones de una paria

F,LOR,A TRISTAN el corazón y el amor que Dios enciende, tiené sin duda más derechos a nuestro respeto que las vanas opinion~ nacidas en nuestro cerebro por influencia del mundo exterior. La presión ejercida a este respecto, por los pa– dres sobre sus hijos, es el más culpable abuso de la. fuerza, al mismo tiempo que el más insigne absurdo de !a razón. Matar a la víctima es menos criminal que pre– pararla un porvenir de calamidades. Obligarla a amar es el colmo de la demencia a que puede llegar la tirania. La señora de la Riva-.Agüero (Carolina de Dolooz), per– tenece a una de las primeras familias de Holanda, en donde ha nacido. Recibió una educación tan- brillante co• mo sólida y la extrema amabilidad de su tono y sus ma– neras a la vez sencmas y elegantes demuestran haber Vivido, desde su infancia, entre la mejor sociedad. Es una mujer completa, si alguna vez un ser huinano ha merecido que se diga eso de él. Cuando la conocí, tenía. alrededor de treinta años; muy bonita todavía, a los dieciocho años, debió ser una encantadora criatura llena. de gracia; y frescura. -¡Pobre joven! ¡cuándo jugabas en tus verdes campiñas, no pensabas en el triste destino qne te reservaba la ambición de tus padres! En 1822 llegó a Bruselas un peruano llamado de la. Riva-Aigüero. Se introdujo, no sé cómo, en la fam1lia de ]a joven Carolina Delooz (1), se presentó con un cortejo de títulos y se dió de presidente de la República del Perú, pals que se había visto obligado- a abandonar-a con.. s ecuencia de movimientos revolucionarios. Amplificó, con esa exageración propia de su país, todo lo que podía darle importancia y hacer concebir de él una alta opi– nión; por fin, logró por su elocuencia y sus aires de grandeza, interesar a la familia Delooz y deslumbrarla. M. Delooz, padre de siete hijos, había perdido una grao. parte de su fortuna y tenía ·.cuatro hijas solteras; creyó (1) Fué el primer presidente del Perú. Carolina Looz Cos– W!3ren, R,rincesa belga, casó con él. Fué un personaje muy intri, gante. Bollvar lo condenó a muerte, pero no se cumplió la sen– tencia. N. E.

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx