Peregrinaciones de una paria

PEREGRINACIONES DE UNA PARIA .1!97 lá costumbre de hacerse pasar pedazos de los alimentos, en el extremo del tenedor; pero ya este uso se pierde. Lo que he visto .comer en estas ocasiones es verdadera:. mente monstruoso. Res~lta que a la salida de la comida casi todos los convidados están enfermos y en tal estado de estupor, que son incapaces de decir una palabra. En d-efinitiva, sus festines son tan cansados como perjudi– ciales a la salud. La profusión que ostentan denota un pueblo todavia reducido a los goces sensuales. La hora corriente para el almuerzo no había cambiado en . ese tiempo; se sientan a la mesa a las tres, como es costum– bre, pero no se levantan hasta las cinco o seis; después, hay que acompañar una o dos horas a· los dueños de la casa. Se puede juzgar cuán pesada tarea serian para mi semejantes invitaciones. En todas esas comidas, se sirven nuestros mejores vinos, lo que ocasiona un gran gasto para el pais. Entre las mujeres distinguidas que viven en Lima, citaré a tres, -cuyos nombres no podria omitir al hablar de esta ciudad. La primera es la sefiora de la Riva. Agüero, célebre por sus desgracias y por el valor y la constancia que demuestra al soportarlas. La segunda es la señora Calixta Thwaites, la mujer más intruida que he encontrado en América y que se distingue por su brillante espiritu y la exactitud de sus juicios. Y, por fin, la tercera es la señora Manuela Riglos, mujer sabia y muy espiritual, según dicen, pero más pedante aun. Al contar la historia de la señora de la Riva-Agüero, mi intención es también demostrar como lo he heGho en la historia del comandante de la Ohallenger, de cuantos males es causa la tiranía ejercida por los padres sobre las inclinaciones de sus hijos. Como si los errores del rorazón, la saciedad y la suerte buena o mala dé la vida no bastasen para comprometer la felicidad de un lazo que· en nuestra sabiduria hemos hecho indisoluble, es necesario aumentar todavía esos peligros, haciendo in¡ tervenir a la razón humana, con su cortejo de prejuicios, en el afecto más desinteresado de nuestra naturaleza. ¡Ah! La razón es a~n más fecunda en decepciones que

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