Peregrinaciones de una paria
248 FLORA TRISTAN reinó en todas partes y la lúgubre campana de la ca• tedral se hizo oír. ¡Aqui no sé cómo expresarme, pues, siento cuán impotentes son las P?,labras :para reproducir semejantes escenas de desolación! Todo lo que la aflic– ción de madre y amante, de hija y de herm:ina tiene de más desgarrado, lo sintieron las mujeres de Are– quipa. En el primer momento, estuvieron como heridas por el rayo con esta calamidad; abrumadas por el dolor todas cayeron de 'hinojos, levantaron las manos temblo– rosas, los ojos bañados de lágrimas, y oraron... Me había quedado sola en casa y, sin distinguir nada, miraba siempre et!. dirección de la pacheta que una nube de polvo ocultaba a mi vista, cuando sentí que me tiraban del vestido; al volverme vi a mi zamba. mostrán– dome con el dedo los patios de mi tío y del señor Hur– tado y me hizo signo de ponerme de rodillas. Obedecí a esta esclava y me arrodillé. Vi en el patio de la casa a mi tía Joaquina, a las tres señoritas Cuello que tenían a· su hermano entre los dragones de Carrillo y a siete u ocho mujer es prosternadas en oración. El patio del viejo Hurtado me ofrecía el mismo espectáculo. Yo no oré por aquellos a quienes la batalla había libertado de la vida, sino por ese desgraciado país en donde se en– cuentran tantos hombres codiciosos, de una atroz per– versidad y quienes, con pretextos políticos, provocan con– tinuamente las disensiones, para tener en la guerra civil ocasión de robar a sus conciudadanos. Cuando terminé esta piadosa invocación, dirigí mis miradas a la pacheta; la nube de polvo se había disipado; el camino desierto hal:ia readquirido su tristeza habitual. Hacia la una y media, comenzaron a llegar los heri– dos . ¡Ah! fueron escenas desgarradoras. Se reunieron, en el ángulo de nuestra casa más de cien mujeres; esperaban el p::i.,so de estos desgraciados. atormentadas por el temor de reconocer entre ellos a sus hijos, a sus maridos o her– manos. La vista de cada herido provocaba entre estas mujeres, tal exceso dé desesperación, que sus gemidos Y sus atroces angustias me torturaban. ¡Lo ~1ue sufrí ese dia fué algo espantoso! ...
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