Peregrinaciones de una paria
PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 249 Estábamos inquietos por Althaus, por Manuel, por Crevoisier, Cuello y otros. No imaginábamos por qué el general no venia a ocupar la ciudad para defenderla co– mo se había decidido hacerlo en caso de un revés. Hacía más de una hora que había tenido lugar la derrota y se esperaba a cada instante ver llegar al enemigo. Cuello illegó moribundo; el infortunado había recibido una bala en la cadera; la sangre le manaba desde hacía tres ho– ras; se le condujo al hospital. Yo fui a ayudar a su her• mana a instalarlo lo mejor posible. ¡Daba pena ver el patio de este hospital! Ninguno de los conventos de Arequipa comprende que la religión pre– dicada por Jesucristo consiste en servir al prójimo; esa abnegación por el sufrimiento, que sólo una religión ver– dadera inspira, no se muestra en ninguna parte. No hay una sola hermana de caridad para cuidar a los enfermos; son indios viejos encargados de hacerlo. Esos hombres :venden sus servicios; no se puede esperar de ellos nin– gún celo; hacen eso como cualquiera otra cosa, tratando de aligerar la tarea y de escapar a la vigilancia. Los heri– dos transportados al hospital eran colocados en el suelo, sin ningún cuidado; esos desgraciados, muertos de sed, lan– zaban débiles y lamentables gemidos . El ejército no tenia organizados servicios de ambulancia y los médicos de la ciudad eran insuficientes para este aumento de trabajo. Un gran desorcfen reinaba en este hospicio; los emplea– dos se apresuraban, pero, poco hábiles en sus funciones, mientras más prisa se daban, menos hacían; les faltaban las cosas más precisas, como ropa, hilas, etc. Los sufri– mientos de estos militares heridos eran mayores por el temor al enemigo, pues, el vencedor en este país, ordina– riamente no da cuartel a los prisioneros y mata a los he– ridos en los hospitales. Pudimos encontrar una cama pa– ra este pobre Cuello, en una pequeña pieza oscura, don– de se hallaban ya otros dos desgraciados, cuyas quejas era:g desgarradoras . Abandoné este antro de dolor, dejan– do cerca del herido a su hermana que lo amaba tierna– mente y tomó el mayor cuidado pór él. Mi fuerza ·moral no me abandonó un solo instante en esta terrible jorna-.
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