Peregrinaciones de una paria
240 FLORA TRIST AN He necesitado toda la noche para poner un poco de or– den entre nuestra gente. Esta mañana, ocupábamos el campo de batalla y esperábamos ver al enemigo abatir– se sobre nosotros con toda la ventaja de su posición, cuando en lugar de eso, vimos venir ·a un parlamentario, quien en nombre de San Román, pidió hablar al general. Nieto, olvidando su dignidad, quería atolondradamente aceptar de inmediato esta invitación; el monje se opuso y también los demás. Para cortar por lo sano la discu– sión dije: "Como jefe de estado mayor, a mí me toca ir", y, sin esperar la respuesta, dirigí mi caballo hacia don– de estaba el parlamentario. Este me anunció que San Román deseaba hablar con el general en persona; no pu– diendo obtener de él otras palabras, regresé donde el ge– neral a quien dije-: Si quiere usted creerme, por toda '!onversación les enviaremos balas; esas frases se com– prenden siempre. El imbécil de Nieto no ha tenido en cuenta mi opinión. Ha querido hacerse el bueno, ~l ge– neroso, ver a su antiguo camarada, a sus hermanos del Cusco. El monje rechinaba los dientes, echaba espuma. de rabia; pero le fué preciso ceder ante el hombre de quien pensaba servirse como de· instrumento, cuando lo hizo nombrar. Nieto le impuso silencio con estas pala– bras: ''Señor Valdivia, el único jefe aquí soy yo". El pa– dre enojado le lanzó una mirada que decía claramente: •·cuando pueda ahorcarte, no dejaré de hacerlo". Sin embargo, se resignó, no queriendo abandonar la partida, a seguir al sensible Nieto. Están actualmente en confe– rencia con el enemigo, asistidos por dos periodistas: Quirós y Ros. Pero ya estoy ahora repuesto y algo lim– pio y regreso al campamento, donde voy a dormir hasta que vengan a decirme si hay que batirse o abrazarse. La nueva que nos daba Althaus se propaló rápida– mente por la ciudad y penetró hasta en los conventos. Se creyó que la entrevista de los dos jefes traerla la paz. Esta esperanza era ya una felicidad para todos. Los are– quipeños son esencialmente perezosos; las crueles agita– ciones soportadas durante un día y una noche hablan agotado sus fuerzas y acogieron con complacencia le.
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