Peregrinaciones de una paria

FLORA TRISTAN nes aun ayer ofrecían la imagen del caos, componen ahora 1-m armonioso conjunto? ¿Qué poder sobrehumano los hace a todos, en el mismo instante, abandonar sus moradas, dejar el tumulto de su ciudad, en donde rei– nan ahora el silencio y la inmovilidad? ¿Cómo han po– dido ellos un momento olvidar el tuyo y el mio y con– fundir sus pensamientos en un pensamiento común? Asi como a bordo de un barco en donde todos los odios se apaciguan y todas las querellas cesan cuando se le– ,vanta la tempestad, la unión ¿no puede existir sobre la tiérra, entre los hombres, sino por la inminencia del pe– ligro que corren? ¿Cómo no han sentido todavia que las Mciedades no pueden lograr la felicidad sino como cuan– do evitan el peligro, por medio de la unión, y que el ais– ilamiento es tan funesto al individuo como a la sociedad de que forma parte? Volví la espalda al campo. Cautivada por mis re– flexiones, olvidé el combate y los combatientes. Un rui– do largo y sordo, que se escapó de esas cúpulas como des– de una tumba, me sacó de mi ensimismamiento. ¡Toda esa masa animada por el mismo sentimiento no tuvo si– no una voz! De esos millares de pechos salió un solo grito, vibrante de una dolorosa expresión. Me emocioné hasta las lágrimas. Sin tener necesidad de volver la ca- beza hacia el campo de batalla comprendí que se mata– ban... ¡o que iban a matarse! . .. A este grito de dolor sucedió un silencio de muerte y la actitud de las cúpu– las, y de las torres anunciaba el más alto grado de aten– ción. De repente, se hizo oír un segundo grito y el acen– to de éste y el gesto con que fué acompañado me tran– quilizaron sobre la suerte de los combatientes. Me volví y vi a los dos campos en gran movimiento. Rogué a mi tio dejarme mirar con su larga· vista. Distinguí a dos ofi– ciales que corrian de un campo al otro y disparaban al aire sus pistolas; despfrés el general Nieto, seguido de sus oficiales, iba al encuentro de un grupo de oficiales del campo enemigo. Los vi confundirse en mutuos abra– zos. Estuvimos entonces convencidos de que el ejército

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