Peregrinaciones de una paria

236 FLORA TRISTAN to Domingo, con sus largos vestidos blancos, sus rosarios de cuentas negras y sus toscos zapatos con hebillas de plata; con una mano hacian caer la ceniza de su cigarro y con la otra, jugaban con sus correas. En el lado opues– to, los rostros pálidos y delgados de tres pobres millona– rios a quienes el lector ya conoce: los señores Juan de Goyeneche, Gamio y Ugarte. Una docena de otras perso• nas que se encontraban también alli. Mi tia estaba sen– tada en el extremo .de uno de los sofás, con las manos juntas, rezando por 'los muertos de ambos partidos. En cuanto a mi tío, . iba y venia de un extremo al otro de la pieza, hablando, gesticulando de una manera brusca. y animada. Yo, estaba sentada sobre el reborde de la ventana, envuelta en mi abrigo. Gozaba del doble es• pectáculo ofrecido por la ca1le y el gabinete. Esta no• c'he estuvo para mi llena de enseñanzas; el carácter de este pueblo tiene un sello que le es peculiar: su gusto por lo maravilloso y por la exageración, es extraordina– rio. No podria decir cuántas historias macabras ·fueron referidas durante esta larga noche, cuántas mentiras fueron dichas, todo con un aplomo y con una dignidad que no podia dejar de admirar. Los que escuchaban pro– baban, con su fría indiferencia, -que cre\an muy poco los cuentos que 8e les refería. Pero se abandonaba la narración de cuentos y la. conversación cambiaba, de repente, cada vez que se re- . cibian noticias verdaderas o falsas de lo que ocurria en el campo. Si un soldado herido, se arrastraba hacia el !hospital y decía que los arequipeños habían perdido la. batalla, se elevaba en seguida en la sala un rumor bur– lesco; se vociferaba contra el cobarde, el bribón, el im- . bécll de Nieto y se exaltaba al digno, al bravo, al glo– rioso San Román. Los buenos monjes de Santo Domin• • go, dlriglan al cielo sus votos sinceros, para que ese perro - de Nieto fuera muerto y se ponían a hacer hermosos proyectos para la brillante recepción que contaban ha– cer al ilustre San Román. Un cuarto de hora después, sl otro soldado pasaba gritando: ''¡Viva el general Nie- - to! ¡La victoria es nuestra! ¡San Román está perdido!'',

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