Peregrinaciones de una paria
PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 235 de la boca del indígena; el blanco se int imidaba; el es– clavo no obedecía; su risa cruel, su mirada sombría y fe– roz, arredraban al amo, quien ·no osaba golpearlo. Era. fa primera vez, sin duda, que todas las caras blancas Y negras dejaban leer en su fisonomía toda la bajeza de su alma . Tranquila en medio de este caos, contempla– ba con disgusto imposible de reprimir, este panorama de las malas pasiones d'e nuestra naturaleza. La agonía de est os avaros, porque temían la pérdida de sus riquezas, más que la de la vida; lá. cobardia de toda esta pobla– ción blanca, incapaz de la menor energía para defender– se por si misma; ese odio del indio, disimulado hasta en– tonces bajo formas obsequiosas, viles y rastreras; esa sed d& venganza del esclavo, quien aun la víspera, besaba. como un perro la mano que lo había golpeado, me inspi- raban el ·desprecio más profundo que en mi vitla he sen– tido por la especie humana:. Yo le hablaba a mi zamba. en el_tono orarnario; y esta muchacha, ebria de gozo, .me obedecía porque veía que no tenia miedo . Mi tia y yo no quisimos ya ir a ningún convento; mis primas fueron solas con los niños. Al tumulto de la horrible escena que acabo de describir, sucedió el silencio del desierto. En menos de una hora, toda la población se aglomeró con– fusamente en los conventos de mujeres o de '.hombres Y en las iglesias. Estoy segura de que no quedaron en la. ciudad veinte casas habitadas. Nuestra casa se habia convertido en el lugar de ci– ta de los habitantes, primero por la seguridad que ofre– cía la proximidad de Ia iglesia de Santo Domingo, y en seguida por la esperanza de que Althaus hiciera llegar noticias a don Pio. Estábamos todos reunidos en una in– mensa sala abovedada, quedaba sobre la calle: era el ga– binete de mi tío. No habla luz, para no atraer la aten– ción de los transeuntes; no tenlamos sino el fulgor dé los cigarros que los fumAdores. esa tarde, tenían cons– tantemente encendidos en la boca. Era una escena dig– na del pincel de. Rembra,ndt. Se distinguía a través de las espesas nubes de humo que llenaban el cuarto, las caras largas y estúpidas de cuatro monjes de la orden de San-
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx