Peregrinaciones de una paria

232 FLORA TRISTAN Nieto; era la que Althaus había previsto que ocuparla. San Román dispuso sus tropas en lineas muy extendi– das, con la esperanza de causar ilusión respecto de su número, pero se distinguia perfectamente que las filas no tenían sino uno o dos hombres de fondo. Formó tam– bién en batallón cuadrado a los setenta y ocho hombres que componían toda su caballería; hizo, en una palabra, todo lo que un hábil táctico podía hacer para que le ltribuyeran un número de gente cuatro veces mayor . Las tabonas encendieron una multitud de fuegos sobre la ci– lna del monticulo e hicieron tal ruido, que sus gritos se oían en la parte baja del valle. Pero, una vez en presencia uno del otro, los dos ejér– citos se temieron mutuamente y cada uno de ellos se convenció de la superioridad del contrario. Si la apa– riencia verdaderamente militar que San Román había tomado a los ojos de Nieto hizo temer a éste que sus ele– gan tes inmort ales no tuviesen fuerza para sostener el choque de los soldados vet eranos de su adversario; por su lado, San Román , al notar la gran superioridad nu– mérica de las t ropas de Nieto, se imaginó haber cometi– do una imprudenc ia y esta preocupación le hizo perder la cabeza . Aunque buen so!dado, San Román nq era ni más sabio ni menos presuntuoso que Nieto. Según los in– formes de sus espías. pensaba marcnar a una victoria fácil ; creia aún obt enerla sin combatir. Muchos de sus oficiales h ar. ólcho que todos estaban tan persuadidos dé en trar la misma tarde a Arequipa, que al salir por la mañana de Cangallo, no habían pensado sino en sus peq1,E>fios prepara tivos de toilette, a fin de estar a su lle– gada, listos para visitar a las damas. Los soldados· parti– cipaban de la misma con fi anza, habían arrojado sus ví– veres y vaciado las marmitas, gritando: "¡Viva la ·so_pa del cuart el de Areq.uipa! " Sin emba rgo, las señoras rabo– nas, a pesar de todo el t r abajo que se daban .para te• n er el a ire de cocinar, no ten ían ni una mazorca de maí~ ' ningún alimen to para ofrecer a sus imprudentes compa• ñeros . Y para colmo de fatalidad, el ejército se encon• traba acampado en un lugar en donde no podía obtener-

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