Peregrinaciones de una paria
230 FLORA TRISTAN y 1\1.eto, para hacerse agrauabie a ws soldados, les dió permiso para divertirse, favor del que se aprovecharon ampliamente. Fueron a las chicherías (1) a beber chicha, e:~tonaron a voz en cuello las canciones que acabo de men– cionar y pasaron toda la noche en la embriaguez y el( desorden. Por lo demás, no hacían en esto, sino seguir el ejemplo de sus jefes, quienes, por su lado, se habían reunido para beber y jugar. Se habían persuadido de taJJ ·manera de que San Román no se atrevería a .avanzar antes de haber recibido refuerzos, que no se hacía nin-_ gún preparativo, ni se tomaba ninguna precaución. La misma negligencia reinaba en las avanzadas. El miérco– les 2 de abril, mientras los defensores de la patria, .dor– mían profundamente la mona de la víspera, se supo de repente, la aproximación del enemigo. Todo el mundo subió a lo alto de las casas; pero habían sido engañados tan t as veces por el general, que se prestaba fe dudosa a 'ª" noticias anunciadas por éste. Eran las -dos de la tarde y excepto lo que la imagi• nacion de cada uno prestaba a la luna de su larga vista, no se percibía nada. Comenzaban a impacientarse; el sol quemaba; un viento seco, tal como sopla continuamente en Arequipa, hacia el calor más insoportable aun, barría los techos de las casas y arrojaba polvo a las caras de los espectadores . El lugar no era soportable sino para un observ-ador de ml intrepidez. En vano, mi tio me gri– taba desde el patio que iba a perder la vista por la rever• bernción del sol, que esperaría inútilmente, que San Ro• mán no vendría en todo el día; yo no hacía ningún caso dP sus opiniones . Me había acomodado en el reborde del muro: había tomado un amplio paraguas rojo para de• fenderme del sol y provista de una larga vista de Che• vallier. me encontraba muy bien instalada. Me había abandonado a mis pensamientos contemplando el vol– cán y el valle y no pensaba absolutamente en San RO• mán. cuando súbitamente me recordó el objeto dP la ( 1) Las chicherías o p 1 .canterlas de Arequipa y sus alrede– dores son hasta ahora famo,as. N. E.
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