Peregrinaciones de una paria
224 FLORA TRISTAN a toda la comunidad que la religiosa había cesado de :Vivir, para tener ella tiempo de ponerse a cubierto de los alguaciles de la santa Inquisición, ayudada por eL mensajero del diablo, bajo la forma de un hermoso joven. ¡Qué rayo de luz para la joven! Ella también podría. salir de su prisión, de su tumba, por el mismo medio de la religiosa de Salamanca. Desde ese momento, la es– peranza entra a su alma y desde entonces, ya no siente más fastidio; apenas tiene tiempo suficiente para emplear toda la actividad de su imaginación en idear los medios de realizar su proyecto. Ya no hay prácticas austeras, ni deberes penosos que le cuesten trabajo cumplir, porque ve :un término a su cautividad. Cambió gradualmente de mo– co de ser con las religiosas, buscaba las ocasiones de ha– blarles a fin de conocer a fondo a cada una de ellas. Dominga trataba sobre todo de trabar amistad con las hermanas porteras. Las funciones de estas hermanas no duran sino dos años en el convento de Santa Rosa. A cada cambio, ella se esforzaba con sus atenciones y asi– duidades, en atraerse a la nueva portera. Se mostró muy generosa y muy buena con la negra que le servía de comisionista fuera del convento, para asegurarse una. abnegación sin límites. La prudente y perseverante joven no olvidó, en suma, n ada de lo que pudiera facilitar la ejecución de sus planes. Ocho años transcurrieron, sin embargo, antes de poder realizarlo. ¡Ay! ¡cuántas veces, d urante esa larga espera, la desgraciada pasaba, de la alegria delirante que siente el prisionero pronto a aban– donar su calabozo ,por un esfuer?.o de valor y habilidad, al desánimo profundo, a la deses!)eración del esclavo que, sorprendido en el momento de su fuga, va a caer de nuevo entre las manos de un amo cruel! Sería demasiado l argo referir todas sus ansiedades, todas sus alternativas de esperanza y de temor. Algunas veces, despu-és de haber empleado cerca de dos años en h alagar a una vieja her– mana portera, dura y áspera, en el momento en que Dominga se creía segura de la simpatía y discreción de la vieja, una circunstancia la hacía ver que, si hubiera tenido la imprudencia de confiar en esta mujer, se hu– biera visto perdida. A este pensamiento, Dominga, es• ' :
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