Peregrinaciones de una paria
2111 FLORA TRISTAN superiora. La comparación de la astuta Ros\ta tuvo gran éxito; el permiso fué concedido sin la menor dificultad y la superiora agregó que, seguramente ese joven doctor inglés debía conocer la música, ella deseaba le fuera pre– sentado. El día esperado con impaciencia llegó por fin. Don Hurtado P.ntró al convento una mañana muy temprano, seguido de su yegua; ésta, completamente enjaezada, te– nía una magnifica silla de terciopelo verde. La vista. de este lindo animal produjo universales aclamaciones; las pobres reclusas acudlan de todas partes, ávidas de con– templar un objeto tan nuevo para ellas. Cuando tada la comunidad se hubo saciado del placer de ver y de tocar la yegua, la silla, la brida y la fusta, el viejo Hurtado ayudó a su hija a montar, y cuando estuvo en la silla, condujo a la yegua por la brida y le hizo dar dos veces la vuelta a los l!Orredores. Después de baber -:ies·non– tado Manuenta, su amiga Rosita, que tenía también f!n– fermedad a los nervios, quiso montar sobre la yegua; más atrevida que la primera amazona, condujo sola a su ca– balgadura y a la tercera vuelta, la lanzó al trote. Ese rasgo de bravura extasió a las tímidas religiosas. Todas, .hasta las viejas, querían también montar en la yegua. E.e convino en que e1 encantador animal quedaría en el convento y don Hurtado regresaría. al día siguiente na– u presidir el paseo. Al día siguiente, Manuelita condu– jo su yegua ella misma y la hizo ir al trote. Rosita montó en seguida y quedó arreglado que en adelante, no se necesitaba al padre Hurtado. La señora doña Mar– ~arlta, quien, desde hacía mucho tiempo sufrfa horrible– mente de los nervios, quiso también ensayar el ejercicio que tanto cien hacia a sus dos compañeras. La buena seño– ra era un poco pesada y muy cobarde, la Rosit~ fué su con– ductora durante los primeros dfas. Hacia cerca de quince días que los paseos a caballo divertían a la comunidad, alimentaban todas las conversaciones y curaban mara• Villosamente todos los males, cuando un acontecimien– to, que debió ser funesto, hizo cesar la alegria general, excitó la mAs viva inquietud y llevó el desorden al seno
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