Peregrinaciones de una paria
I PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 215 de lo que lo estaba realmente. Don Hurtado, el viejo sa, bio, a quien mi lector ya conoce, tiene la pretensión de ser filósofo, médico, químico y astrólogo y además está inclinado a tener una gran admiración por todos los europeos. Se mostró sensiblemente afectado por el esta– r~o cte su hija querida e indignado contra el viejo doctor Bagras, que quería imponer dieta a su hija. -Querida hija -le dijo-, no quiero que ese igno– rante te prescriba el menor remedio. Te traeré mañana a un médico inglés, joven encantador, lleno de ciencia. quien a los veintiséis años, ha dado ya, dos veces ia vuel– ta al mundo. Juzga, hija mía, ¡qu"é médico debe ser! El padre Hurtado, fiel a su promesa, vino al día si– guiente al convento, acompañado de un elegante y ama– ble dandy, que hablaba el español con un acento muy agradable, de admirar en un extranjero. Este infatiga– ble víajero, cuya lengua se había suavizado con el uso del francés y del italiano, que hablaba igualmente bien, era al mismo tiempo el más fashionable de los médicos. Unía a maneras distinguidas, la originalidad especial de su nación y una alegría muy difícil de encontrar. Después de ver e interrogar a Manuelita, juzgó que toda su enfermedad provenía de la falta de ejercicio, y y realmente, la tendencia de esta joven a la obesidad, denotaba la necesidad urgente de hacerlo. El joven doctor inglés prescribió el ejercicio del caballo a la religiosa, quien lo recibió con alegría, vió en eso una ocasión para dis– traerse de la vida monótona cuyo peso la agobiaba Y dijo en seguida a su padre que este sería el único remedio que podría mejorarla. El viejo Hurtado propuso man– dar al convento a su yegua que es muy mansa. El ama– ble doctor ofreció la montura inglesa usada por su e'>– posa y no faltaba más, para seguir la receta, sino el asentimiento de la superiora. La hermana Ros~ta, pre– dilecta de la buena madre. se encargó de obtenerlo. En efecto, le hizo comprender que Manuelita tenía una en– fermedad a los nervios de tal naturaleza, que el ejercicio del caballo era tan necesario a su curación como la me– lodía de una buena música a la salud de su venera.:ile
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