Peregrinaciones de una paria
200 FLORA TRISTAN En los tiempos ordinarios, estos conventos son in– accesibles. No se puede entrar sin permiso del obispo de Arequipa, permiso que desde la evasión de la monja, se negaba inflexiblemente. Pero en las circunstancias extra– ordinarias en que se encontraba la ciudad, todos los con– ventos ofrecieron el asilo del santuario a la población alarmada. Mi tia y Manuela juzgaron prudente refugiarse y aproveché de estas circunstancias para instruirme so– bre fos detalles de la vida monástica. Santa Rosa estaba siempre presente a mi pensamiento. Me esforcé en de– cidir a las señoras en darle preferencia sobre Santa Ca– talina, a donde estaban inclinadas a ir. Las superioras c;l.e ambos conventos eran nuestras primas; la una y la otra nos habían hecho las- invitaciones más cariñosas. Cada una de ellas deseaba tenernos y trataba de deter– minar nuestra elección a favor de la buena hospitalidad que nos preparaban. Santa Rosa, por su hermosura exci– taba más vivamente nuestra curiosidad; pero las señoras temían la extrema severidad de la orden de las carme– litas que las religiosas de ese convento no relajan ·en ninguna circunstancia. Tuve mucho trabajo en vencer sus repugnancias; sin embargo, logré triunfar. Hacia las siete de la noche, nos dirigimos al convento después de haber tenido el cuidado de enviar por delante a una negra para. anunciarnos. No creo que jamás haya existido en un estado mo– nárquico, una aristocracia más altiva y más chocante en las distinciones, que aquella cuya vista causó mi admi– ración al entrar en Santa Rosa. Allí reinan, con todo su poder, las jerarquías del nacimiento, de los títulos, de los colores de la piel y de las fortunas, y éstas no son vanas clasificaciones. Al ver marchar en procesión en el convento a los miembros de esta numerosa comunidad, vestidos con el miSirJQ uniforme, se creería que la misma. igualdad subsiste en todo. Pero, si se entra a uno de los pa~ios, está uno sorprendida del orgullo empleado por la mujer que tiene un título, en sus relaciones con la muj er de sangre plebeya , del tono de desprecio que usan las blancas con las que no lo son. Al ver este con-
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