Peregrinaciones de una paria

PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 199 fo. casa de su madre, a sus hermanas y hermanos e..:rrer y retozar en el jardín. . . ¡ Oh! ¡qué felices le pare::ían de poder asi jugar en libertad! ¡Cómo admiraba sus ves– tidos de todos colores y sus hermosos cabellos ornados de flores y de perlas! Cómo le gustaba su elegante cal– ~ado, sus chales de seda y sus ligeros mantos de gasa! 'A esta vista, la desgraciada se sentia ahogar bajo el peso de sus gruesos vestidos. Esta camisa, esas medias, ese largo y ancho vestido de grosero tejido de lana, le causaban horror. La dureza del calzado le heria los pies y su largo velo uegro, también de lana, que la orden exi– gía con rigor tener siempre caido, era para ella ia plan– cha que encierra vivo al letárgico en el ataúd. La infor– tunada Dominga rechazaba ese '.horrible velo con un mo– vimiento convulsivo; sordos gemidos salían de su pecho; trataba de pasar los brazos entre los barrotes que cerra– ban las aberturas del campanario. La pobre recluta no deseaba sino un poco del aire libre dado por Dios a to– d as sus criaturas, un pequeño espacio en el valle en donde mover sus miembros entumecidos. No pedia sino cantar los aires de sus montañas, bailar eón sus her– manas, ponerse como ellas zapatitos rosados, un ligero chal blanco y algunas flores de los campos entre los ca– bellos. ¡Ay! Eran muy poca cosa los deseos de la jovent pero un voto terrible, solemne, que ningún poder humano podía romper, la privaba para siempre del aire puro Y de los alegres cantos, de los vestidos de su edad, apro– piados a los cambios de las estaciones y de los ejercicios necesarios para su salud. La infortunada, a los dieciséis años, ·arrastrada pÓr un movimiento de despecho y de amor propio herido, habla querido renunciar al mundo. La ignorante niña habia cortado ella -misma sus largos cabellos y echándolos al pie de la cruz, habia jurado sobre Cristo, tomar a Dios por esposo. La historia de .la. monja hizo gran ruido en Arequlpa y en ~odo el Perú. La he juzgado muy notable para incluirla en mi relato. Pero, ii,ntes de instruir a mis lectores de todos los hechos y dichos de mi prima Domlnga, les ruego seguirme al in-– terior de Santa Rosa.

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