Peregrinaciones de una paria
198 FLORA TRISTAN drama lleno de interes, cuya heroina era una joven her• mosa, amorosa y desgraciada ¡oh, bien desgraciada! Esta. joven era mi pariente. Yo la queria por simpatía y for– zada a obedecer a los prejuicios fanáticos del mundo que me rodeaba, sólo podía verla en secreto. Aunque a raíz de mi llegada a Arequipa, hicieran ya dos años que se había evadido del convento, la impresión producida por este acontecimiento permanecía aún latente. Debía, por éso emplear muchos miramientos en el interés que des– pertaba en mi esta victima de la superstición. No hu– biera podido servirla con otro género de conducta y hu– biera corrido el riesgo de excitar aún más el fanatismo de sus persecutores. Todo lo que Dominga (este era el nombre de la joven religiosa) me había referido de su extraña historia, me daba el vivo deseo de conocer el interior del convento en donde la desgraciada babia lan– guidecido durante once años. Asi. cuando por la tarde sub!a a lo alto de la casa para admirar los tonos gracio– sos y melancólicos que los últlmos rayos del sol esparcen sobre el encant.ador valle de Areauipa, en el momento de desaparecer detrás de los tres volcanes, cuyas nieves eter– nns colora de púrpura, mis ojos se dirigían involuntaria– mente sobre el convento de Santa Rosa. Mi imaglnaclón me repre~entaba a mi pobrP prima Dominga revest,ida ,con el amplio y pesado hábito de las religiosas de la. orden de los carmelitas. V~ía su largo velo . negro, sus za p<1tos de cuero con hebil!as de cobre, su disciplina de CUP,ro negro pendiente hasta el rnelo, su enorme rosario que la desgraciada niña. por instantes, oprimía con fer– vor pidi~ndo a Dios aynda para la ejecución de su pro– yecto y en seguida destrozaba P-ntre sus manos crispacfo.s por la Ira y ia desesperación. Se me aparecía en lo alto del campanar!o de la hermosa iglesia de Santa Ro">'l. Ei-a a ese campanario aaonde Iba todas las tardes la io– ve,1 reliUiosa. con el ptllt.exto de ver si no faltaba r,ada. a las campanas y al reloJ, cuidado confiado a su "igi– lancla. Dll lo alto de esa torre, la jover1 podía contemplar a su gusto el estrecho, pero hermoso vallecito en donde se .habían deslizado felices los dias d1~ su infancia. Veta.
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