Peregrinaciones de una paria

lW FLORA TRISTAN permitido sentir, joven todavía y pasando por soltera, hubiera podido esperar ser amada de un hombre, que se hubiera casado conmigo aun privada de fortuna. Puedo decir, sin temor a un desmentido, que muchos de esos señores de Arequipa i:ne manifestaron con bastante cla– ridad sus intenciones para tener alguna duda a este res– pecto. Si ·hubiera sido libre, hubiera compartido el ca– riño y aceptado con reconocimiento la protección de uno de ellos. Pero sentía el peso de mis cadenas, aun a la dis– tancia inmensa que me separaba del amo a quien perte– necía y debí refrenar la hermosa naturaleza que Dios ha– bía puesto en mí y parecer fría, indiferente y hasta a menudo, poco amabale. Franca hasta la exageración, sen– tía la necesidad de desahogar mis penas y aunque de– seaba verter mis lágrimas en el seno de un amigo, me era preciso, aislar mi corazón, en medio de mis semejantes y vivir en una reserva. continua. Ciertamente, estaba muy 1lejos de prever, cuando partí, las torturas que me haría sufrir mi papel de soltera. Los sufrimientos de a bordo estaban a lo menos endulzados por mi afecto hacia Cha– bri"é. Pero desde el instante en que rompi con él, me pro– metí no tener esa clase de amistad con nadie. Era de– masiado peligrosa para mí y para aquél que era objeto de ella. Yo no vivía. Vivir es amar y no tenía conciencia de mi existencia sino por ese deseo de mi corazón que no podía satisfacer. Si, para cambiar, trataba de concentrar mis facultades amorosas sobre mi ·hija, percibía también el peligro de abandonarme a ese amor. No osaba pensar en esta niña y sin cesar trabajaba en arrojarla de mi memoria, pues, temía traicionarme al hablar de ella en la conversación. ¡Ah! ¡cuán difícil es olvidar ocho años de vida y sobre todo la calidad de madre! . . . La más joven de las hijas de Joaquina tenía la edad de mi hija; era simpática, traviesa y su lengua infantil me recorda– ba a mi pobre Allna. A este pensamiento, mis ojos se Uenaban de lágrimas... Quitaba los ojos de esta niña Y me retiraba a mi cuarto err un estado de sufrimiento que sólo una madre puede concebir, ¡Ah! desgraciada,

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