Peregrinaciones de una paria
PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 17'1 me decía, ¿qué ne hecho? El dolor me ha tornado co– barde, desnaturalizada, he huído, incapaz de soportar el peso. He dejado a mi ·hija al cuidado de gente extraña. La desgraciada pequeña está quizá enferma, quizá muer– ta. Entonces, mi imaginación me abultaba los peligros que podía correr, así como mis culpas hacia ella y . caía en una desesperación delirante. Todo lo que me rodeaba aumentaba mi dolor. No ha– blaba ya a los- niños, hubiera deseado no verlos. Fui tan fría con los de mi tio y con los de Althaus, que los pobres pequeñuelos_no se atrevían a hablarme ni aún a mirar– me. Esta casa en donde había nacido mi padre, que hu– biera debido ser mía y en la que, sin embargo, yo estaba. considerada como una extranjera, irritaba todas las lla– gas de mi corazón. La visita de sus amos hacía constan– temente presente a mi espíritu la odiosa iniquidad que implacablemente ellos cometían conmigo. -El precio de su hospitalidad me era amargo y no había penas ni pe– ligros a los que no me · expusiera con tal de abandonar el antro en donde había sido tan cruelmente expoliada. Francia no se ofrecía a mis pensamientos sino con todos los dolores que habían sufrido en ella... ¡No sabía dónde huir ni qué hacer! No entreveía asilo ni reposo en ningún sitio sobre la tierra. La muerte, que durante largo tiem– po había creído próxima y esperaba como un beneficio de Dios, se negaba a mis votos y mi salud se ha:bía for– talecido. Ninguna perspectiva a mis esperanzas. Ninguna persona en el seno de la cual pudiera desahogar mi do• ilor. Una sombría melancolía se -había apoderado de mí, Estaba silenciosa y meditaba los más siniestros proyec– tos. Había tomado la vida en aversión. Era para mi un fardo pesado cuyo peso me agotaba. En esas circunstan– cias hube de luchar contra una violenta tentación de des• truirme. Nunca he aprobado el suicidio. Siempre lo he considerado como el resultado de la impotencia para so– portar el dolor. El desprecio de la vida, cuando se sufre me parece tan natural, q•1e no he podido jamás conside– rar esta acción sino como la de un cobarde. Pero el sufri- 12
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