Peregrinaciones de una paria
PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 163 ·¡oh! serían excelentes instrumentos para cortar nabos. No !le hablo de las piezas de tela azul, color de ros granaderos franceses, y de los millares de cinturones, de los tahalles que encontré en un rincón, sin ver por algún lado una. sola cartuchera. Qué el diablo me lleve, pero hay que creer que las palomas mensajeras han llevado la noticia de la revolución de Lima a esos jocosos capitanes ingle- 1,es y franceses, para que· hayan venido a infestar el Perú con todos los desperdicios de sus tiendas. ¿Cree usted que todas esas armas estaban arregladas en orden exi– gido para su conservación? ¿que los fusiles, por ejemplo, habiari sido dispuestos en forma de prevenir que se en– mohecieran? De ninguna manera. Todos los objetos del almacén, arrumbados en la vieja capilla, en donde el a.gua cae por tl)dos lados, habían sido arrojados como manojos de heno. Pero no importa, mojados o no, esos perros de fusiles no ladrarán jamás. ¡Vamos, bravos bur– gueses de Arequipa! ¡Actualmente debéis estar conten– tos! ¡Si se toma vuestro dinero, pod'éis tener a lo menos, la satisfacción de verlo útilmente empleado! Ahí teu0is un gran almacén, en donde el número de sables es mayor que el de los soldados que podéis armar... en donde tenéis ·rimeros de paño azul, cuando no hay ni sastres pa ra coser los vestidos, y una abundante cantidad de tahalíes, !En cuanto a las cartucheras, el capitán las ha vendido a Santa Cruz. ¡ah! ¡es delicioso! Diga, Flora, cuando les describa en Francia estas mascaradas peruanas, creerán ~ue usted oscurece el cuadro: dos mil ochocientos sables para seiscientos soldados que no tienen zapatos en los ~ies, ni morriones en la cabeza, a quienes, en fin, les falta todo ... ¡Bravo, mi general! Creo que entiendes de todo eso admirablemente. ¡Qué cuidadoso proveedor ha– brías sido! Los del Gran Ejército, daban a los soldados zapatos que no les duraban ocho días; pero tú, fina flor de proveedores, les hubieras dado ¡tres sables en lugar de un par de zapatos! Althaus se quedó más de dos horas embromando so– lbre los hechos y dichos de los ilustres jefes de la Re-
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