Peregrinaciones de una paria

a 162 FLORA TRISTAN cac1on del famoso bando, cuando un día entró Althaus a mi cuarto, riendo sin poderse contener. -¿Qué puede provocar así su hilaridad, primo? Apuesto que ·nuevos errores del generalísimo. Cuénteme– los pronto, para reir junto con usted. -¡Ah, Florita! He reído tanto desde esta mañana, que, palabra de honor, creo estar enfermo. -Pero ¿qué cosa es?, dígame ... -Pues bien, figúrese ... ¡ah! ¡ah! perdón, prima, pero no. podré contarle eso. ¡Es increíble!. . . esta página de su diario será curiosa. ¡Ah! bribón de Nieto! ¡bah! Te perdono el no poder comprender la más sencilla figura de geometría. Cuando se hace reír a los viejos matemáti– cos como me has he"cho reír desde esta mañana, se debe estar dispensado de saber que 2 y 2 son 4. -¡Bueno, Al11haus! Me voy a incomodar. Hemos con– venido en que yo sería la confidente de los goces así como de las tribulaciones. Quiero reírme a mi vez. -Sepa, pues, querida amiga, que esta mañana, nuestro amable y previsor general me hizo decir que fuese a arreglar lo que él llama su gran almacén y es sencillamente la capillita que comunica con la prisión. Después del desayuno, tomé dos hombres conmigo y fui a ese santuario en donde, hasta entonces, me 'había pro– hibido la entrada. No era sin razón que me hacian tanto misterio. Adivine, querida niña, lo que encontre en ese almacén. -Pero, qué sé yo ¿sables, fusiles? -Sí, sables, pero no adivina usted el número ... Hay en el almacén dos mil ochocientos sables acabados de comprar, y yo desafío a Nieto a reunir seiscientos u ocho– cientos hombres bajo sus órdenes. Hay mil ochocientos fusiles ¡y qué fusiles! ¡Ah! ¡No hay peligro! No matarán a sus hermanos con esos fusiles fabricados en Birmingham. Aquí no cuestan sino 22 franeos. Es verdad que son de fabricación inglesa y baratos, pero un inocente rodrigón sería más temible que diez de estos fusiles. ¡Y los sables!

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