Peregrinaciones de una paria

,l8 FLORA TRISTAN diez, se debe publicar en la ciudad, la orden que pone a contribución a los propietarios. -¿De veras? Entonces no tengo tiempo que perder. Me decido por los .4.000 pesos. Asi es, pensaba yo, por un equi11brio providencial, el! dinero que la iniquidad me niega, la Violencia lo arre– bata. Si pudiera creer en una venganza divina ¿no vería. en eso un ejemplo? Mi tio ¿no ha sido herido en lo que tiene de más caro? Como si Dios hubiera querido que la injusticia fuera a su vez víctima de la injusticia. Mi tio regresó contento. -IAh, Florlta! ¡Qué bien he hecho de proceder se– gl'.ln sus consejos. Figúrese que esos bribones 'han hecho ya su llsta. El general me recibió muy bien; pero ese :Valdlvla, tenia el aire de adivinar el motivo que me ha– cia 1r. Su mirada parec!.a decirme: "Usted nos trae su ,plata por temor de que le pidiéramos más; no ganará. nada con eso". Felizmente soy tan vivo como él. A las diez, se publlcó en la ciudad el bando (orden !mpartida por pregones). No. ¡Jamás en la vida he visto semejante rumor! Althaus vino donde mi, riendo como un loco: -¡Ah, primal ¡qué feliz es usted de no tener plata! Hoy quienes la poseen ponen una cara tan lastimosa, que me darla pena verla hacer a usted, que es tan sim– pática, semejante mueca. Ahora me ve usted, de jefe del Estado Mayor del generalisimo Nieto. ¡Eso me representa. ya 800 pesos! El amable doctor Valdivia babia conside– rado en su bando a Manuela Florez de Althaus con la, módica suma· de 800 pesos. Pero como todo, en este tiem– po feliz, se hace en' nombre del poder m1litar, el dicho - bando llegó a mi escritorio y antes de firmarlo tuve la. buena idea de leer los nombres de las victimas. Cuando iei el de mi ilustre esposa, lo taché sin ninguna cere– monia y fui donde el general, gritando muy alto. Le dije que encontraba extraordinario que hubieran consi• derado a mi consorte con 800 pesos, cuando ni la suya.

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