Peregrinaciones de una paria

130 FLORA TRISTAN -¡Oh, señorita! -me dij0-, ¡qué, personaje tan sin.. gular me ha enviado M. Le Bris! Palabra de honor, no sé qué cosa es. Al ver su persona tan bonita, tan frágil, tan delicada, su' cara tan sonrosada, sus hermosos cabe– llos rubios tan rizados, al examinar sus manos blancas y llenas, al oir el sonido de su dulce voz, sin vacilar afir– maría que el vizconde de Sartiges no es otra cosa que una mujer. Le aseguro que así lo creí al principio; pero si se le juzga según sus conversaciones, debe ser un hom– bre y un hombre muy peligroso para las mujeres... A1 llegar ayer por la noche, en lugar de descansar, se puso a hablarme hasta la una de la madrugada. El principal objeto de esta larga charla fué el de inquirir si la ciudad contenía mu~has mujeres bonitas; si estas mujeres boni– tas eran casadas o solteras y cuál seria el medio de introducirse cerca de ellas; y así lo demás. Eso constituyó el lado serio de la plática. La escasa atención que con.. cedió al resto, me pareció igualmente extraña. Por fin, señorita, ese joven o esa mujer es para mi algo extra– ordinario, inexplicable y recurro a usted, para que me ayude a estudiarlo. Por la tarde, M. de Sartiges (1) vino a verme. El bue– no de M. Viollier no decía nada, escuchaba al vizconde con toda atención y sus miradas me interrogaban y . pa~ recían decirme: ¿Qué piensa usted? ¿es un hombre o una mujer? Confieso que yo misma estaba muy embarazada y no hubiera podido responder a esta pregunta. El aspecto de ese vizconde se parecía al de esas jóvenes inglesas que encontramos a veces en nuestros paseos, a esas en– cantadoras criaturas cuyos hermosos ojos azules, celestes miradas, menudas facciones de virgen, tez blanca y son– rosada, y cabellos con reflejos de óro, los disputan a los ángeles de Rafael. Ese joven no tenia barba, ni pa• ( 1) El apellido Sartiges se mautiene actualmente en la di.. plomacia francesa. N. E.

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