Peregrinaciones de una paria

PEREGRINACIONES DE UNA PARIA 129 a morir cuando se exige de él más de lo que quiere ha– cer. Esta fuerza moral, tan rara en nuestra especie, que nos hace escapar por la muerte a la opresión, es muy común entre los indios del Perú. Tendré a menudo oca– sión de probarlo. Como se ha podido ver, la vida de Arequipa es una de las más aburridas. Lo era sobre todo para mí, que soy de una actividad incesante. No podía habituarme a esa monotonía. La casa de M. Le Bris era la única en la cual en– contraba algunas distracciones. Todos esos señores me demostraban el más tierno interés y se afanaban por serme agradables. Cada vez que un extranjero llegaba a Arequipa, M. VioEier venía a prevenirme, me lo descri.. ibta Y me preguntaba si des~aba que me fuera presentado. Yo aceptaba o rehusaba, según el grado de curiosidad que me inspiraban esos personajes. Vi en casa de M. Le Bris a muchos viajeros, oficia– les de marina o comerciantes. Hablaré, sin embargo, sólo de uno que no pertenecía a ninguna de estas dos cla– ses: del señor vizconde de Sartiges, a quien conocí. Era secretarlo de embajada en Río de Janeiro, había obtenido , de M. de Saint Priest, entonces embajador en el BrasiL un permiso de seis meses, para visitar el Perú y había. venido en la Thisbé, mandada por M. Murat. Nunca me he reido más que el dia en que M. Viollier vino a anunciarme la llegada de M. De Sartiges, quien se había instalado en la habitación de M. Le Bris, ausen– te en ese momento y se proponía quedarse quince días en la ciudad. M. Viollier seguia siendo en Arequipa, tan suizo como .en Burdeos. Las emanaciones del volcán no habían ejer– cido ninguna influencia sobre su hermosa y robusta cons– titución. Estaba gordo y fresco como si jamás hubiera sa– lido de sus montañas. Bueno, senclllo, poco locuaz, .no abandonaba jamás su flema, pero juzgaba todo con un sentido recto y una tranquilidad que no me cansaba de admirar. 9

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