Peregrinaciones de una paria

118 FLORA TRISTAN sino algunos años, los pedazos de olla, de pescado, de alas de pollo, goteando salsa, circulaban alrededor de la mesa llevados por los esclavos, en los extremos de los tenedores. Uomo todo es muy caro, las invitaciones a comer son poco frecuentes y han prevalecido las invitaciones a tertulias, en cuanto se introdujo esta moda. Todos los domingos, en casa de mi tío, se daba una comida a los parientes, a la cual estaban invitados los amigos ínti– mos, y por la r.oche se tomaba té, chocolate y bizcochos. Las únicas cosas que he encontrado buenas en Arequipa son los bizcochos y las golosinas hechas por las religio– sas. Gracias a mis numerosas relaciones, no me faltaron nunca durante mi estada allí y esto me permitía hacer muy buenas merieudas. A los arequipeños les gusta toda clase de espec– táculos. Acuden con igual complacencia a las represen~ taciones teatrales y a las religiosas. El defecto total de instrucción les produce esta necesidad y los hace espec– tadores fáciles de satisfacer. La sala de espectáculos está construida de madera y tan mal hecha, que no se está a cubierto de la lluvia. Demasiado pequeña para la pobla– ción, a menudo no se puede encontrar sitio en ella. La com– pañía teatral era muy mala; se componía de siete u ocho actores, hez de los teatros de Europa, reforzada en el pats, por dos o tres indios; representaba toda clase de piezas, comedias tragedias y óperas; estropeaba a Lope de Vega, a Calderón; destrozaba Ja música, como para dar ataques de nervios, y todo con los aplausos del público. Fui cuatro o cinco veces a este teatro. Se re– presentaba una tragedia y noté que a falta de mantos, los c:ómicos se envolvían con viejos chales de seda. Las peleas de gallos, los bailarines de cuerda, las pru ~bas de los indios, todos esos espectáculos atraen a la multitud. Un acróbata francés, con su esposa, ganó en el Perú treinta mil pesos. La Iglesia peruana explota, en provecho de su in-

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