Nuevas voces literarias

55 Nuevas voces literarias —Roberto, Roberto, no voltees, por favor. Cuando ingreses a la estación, te detienes al finalizar las escaleras. Por ningún motivo voltees a verme, por favor. Al escuchar esa voz sentí una mezcla de alegría y dolor, estado que se reflejó como una opresión en el pecho que se extendía hacia la espalda. Mis extremidades se volvieron pesadas y todo mi cuerpo comenzó a funcionar en cámara lenta. Sabía que, detrás de mí, a tan solo unos pasos, estaba esa mujer que había logrado amar en tan poco tiempo. Aunque me moría de las ganas, sabía también que no debía voltear, que debía respetar su pedido y protegerla. Por eso seguí las indicaciones y, al llegar a la estación, bajé lentamente las escaleras. Al tocar el último peldaño, volteé a verla. Grande fue mi impresión al notar que no era el rostro de Raquel aquello con lo que se topó mi mirada, sino el de Lyaksandra. No podía creerlo. Sentí mi cuerpo desvanecerse tanto, que ella tuvo que sostenerme del brazo para no caerme. Era ella, pero estaba muy distinta. Llevaba un traje de sastre negro, pegado a su cuerpo, que permitía apreciar su belleza natural. Llevaba el cabello recogido, lo que no permitía admirar el dorado de su melena, y sus hermosos ojos azules estaban ocultos tras unos lentes negros. —Hola, Roberto, ¿podemos conversar en otro lugar? —preguntó. Asentí y, mientras sostenía mi hombro, me apartó del lugar. —¿Qué pasa, Lya? ¿Por qué nos escondemos? —le repuse. —No tienen que vernos, Roberto. Solo quiero conversar contigo. —Pero ¿quién no puede vernos, Lya? Ya me estás asustando —le dije. En ese momento llegaba a la parada el primer tren con dirección al barrio de Argüelles, y ella me indicó que subiera, que hablaríamos en un lugar tranquilo. El tren se encontraba repleto porque era la hora punta, y

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