54 Poetas y narradores de la Biblioteca Nacional del Perú tarde, al regresar de la universidad, encontré debajo de la puerta de mi departamento un papel que decía: Hola, Roberto, ¿podemos conversar? PD: si accedes a conversar conmigo, te espero el sábado a las 6:00 p. m. en La Tapería del Prado. Estaba firmada por “R”. Al leer la nota, la puse encima de la mesa del recibidor, intentando convencerme de su irrelevancia. Me dirigí a la sala para intentar despejarme, había además tenido un día complicado en la universidad. Sin embargo, después de algunos minutos, fue insostenible negar la presencia de aquel papel. Nadie sabía que La Tapería del Prado había sido el punto de encuentro de nuestro enamoramiento. Este dato me convenció de que la nota era de Raquel. Por mi cabeza rondaban muchas preguntas: ¿si estaba viva, por qué no aparecía en la puerta de mi casa? ¿Acaso se había accidentado y tendría secuelas? ¿Habría cometido algún delito? ¿Acaso alguien la perseguía? Estas y otras preguntas se agolpaban en mi mente sin hallar respuesta. La noche anterior al día del encuentro no pude conciliar el sueño y cada minuto del día, antes de la hora pactada, parecía una eternidad. Decidí salir con anticipación del departamento. Caminé por el Paseo del Prado para detenerme en el frontis de la pinacoteca, en esa misma banca donde verdaderamente comenzó nuestra historia; si estaba viva, solo quería abrazarla y besar cada milímetro de su hermoso rostro. Estando ya cerca de la hora, decidí caminar hacia La Tapería del Prado. Al cruzar la puerta de ingreso, me percaté de que todo estaba igual, como si nada hubiera pasado en Madrid: parejas riendo, turistas organizando tours y chavales esperando cortejar a cualquier turista americana que llegara al local. Me acerqué a la barra, pedí una caña y prendí un cigarrillo para la espera. Eran las 6:30 p. m. y nadie llegaba, por lo que empecé a creer que había sido víctima de alguna mala broma. Decepcionado, salí del lugar y comencé a caminar en dirección a la estación Banco de España. Mientras caminaba, escuché una voz que susurraba mi nombre con mucha cautela:
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