Nuevas voces literarias

51 Nuevas voces literarias Ambos construimos un mundo en el que solo nosotros poníamos las reglas de convivencia. Nos gustaba bailar en mi departamento, escuchando a Manolo García; leíamos juntos Las últimas tardes con Teresa, analizando algunas frases del libro de Marsé. Aprovechando las fiestas del Día de la Hispanidad, decidimos viajar a Barcelona en busca de los lugares de nuestros personajes preferidos: El Pijoaparte y Teresa. Una vez ahí, visitamos El Carmelo, San Gervasio, el Guinardó, Las Ramblas, el Barrio Chino y Pueblo Seco, donde improvisábamos diálogos interpretando a nuestros más queridos personajes. Muy pronto comenzamos a vivir juntos en el departamento que yo ocupaba en Noviciado; ella se mudó con sus pequeñas cosas. Más de una vez hablamos de su deseo de conocer el Perú y, especialmente, el lugar donde yo trabajaba: la Biblioteca Nacional. Le entusiasmaba llegar a conocer los incunables de la biblioteca peruana, pues siempre decía que su padre era gran admirador de los libros publicados en el Nuevo Mundo. Así estuvimos un tiempo hasta que, como a toda pareja, la convivencia nos enfrentó con la costumbre. Fue en ese periodo en el que pude notar algunas cosas y hábitos de Raquel que me intrigaban. A veces la encontraba sentada mirando mi colección de libros, como si el tiempo se hubiera detenido con ella; y cuando le preguntaba qué le pasaba, tan solo me mostraba una pequeña sonrisa y cambiaba de tema. Otras veces recibía llamadas por la madrugada y salía a contestarlas a hurtadillas, desde la otra habitación; cuando le preguntaba por el interlocutor, siempre respondía que era su padre. Jamás creí esto y, en diversas ocasiones, le pedí que me dijera la verdad, que si había otra persona era mejor ser sinceros y separarnos, pero ella, con lágrimas en los ojos, insistía en su versión. Yo presentía que algo me ocultaba, pero, al tratar de descubrirlo o preguntarle, ella siempre repetía que me amaba y que no existía nadie más. Recuerdo que, en un par de ocasiones, cansado de sentir que me estaba mintiendo, le dije que se fuera a su departamento, pero ella nunca se terminó de ir. A mi regreso, la encontraba aún ahí, llorando, insistiendo en que jamás me engañaría.

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