50 Poetas y narradores de la Biblioteca Nacional del Perú —Después de ese día nunca más te volví a encontrar. ¿Ya no vives por Noviciado? —le pregunté. —Claro que vivo por ahí, nunca dejaré ese lugar. Por más que quisiera irme, no puedo, Roberto, siempre retorno—contestó. No volví a preguntarle sobre el lugar donde vivía, no quería alejarla de mi lado. Los amigos con los que había ido nos miraban, murmuraban y sonreían. —Tus amigos se van —le dije al notar que la guía los dirigía a la sala contigua. —No te preocupes por ellos, Roberto. Luego los alcanzaré. Estuvimos toda la mañana paseando por las salas del museo, donde compartimos largas charlas sobre algunos cuadros que nos interesaban: Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán, de Pedro Berruguete; El caballero de la mano en el pecho, de El Greco; Retrato ecuestre de Carlos V, de Tiziano; El lavatorio, de Tintoretto; Las meninas, de Velázquez; Las tres Gracias, de Rubens; Pinturas negras, de Francisco de Goya. Fuimos encontrando mucha semejanza en nuestros gustos. Aquel encuentro con Raquel en el museo fue el inicio de nuestra historia. Mientras pasaban las semanas, nos volvimos inseparables, como si el tiempo esperara nuestro encuentro. Siempre nos encontrábamos en La Tapería del Prado, un bar ubicado entre el Paseo del Prado y Huertas. Caminábamos por toda la ciudad, hablando de literatura y arte; ella me contaba de la generación del 27, y yo del boom latinoamericano. No me hablaba mucho de su familia, solo mencionó que su padre trabajaba en el Archivo General de Indias, en Sevilla. Había nacido en “Comillas”, un barrio peligroso al suroeste de Madrid, en el distrito de Carabanchel; y yo, en “Los Olivos”, ese barrio popular en el norte de Lima.
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