49 Nuevas voces literarias monumento a Velázquez que vigila el palacio. Al cerrar los ojos, puedo recordar cada recodo de aquella figura sedente, con su paleta y pincel en posición de descanso, que imitaba el autorretrato del pintor de Las Meninas. La pieza que habitualmente visitaba era la de El jardín de las delicias, aquella obra emblemática y enigmática de El Bosco, que representa el tercer día de la creación. El panel izquierdo representa al Paraíso, aquel mundo ideal; el panel central representa nuestro mundo terrenal, donde el pecado y el placer humano son símbolos de nuestra actualidad; y el panel derecho es el Infierno, aquel lugar donde El Bosco condena el juego, la música profana, la lujuria, la codicia, la avaricia, la hipocresía y el alcoholismo. Aquella mañana de invierno estaba frente a El jardín de las delicias, contemplando el panel del Infierno. No había mucha gente en la sala, solo el cuadro y yo, tratando de interpretar la falta de moralidad del ser humano en un mundo caótico como el de ahora. Muchas veces me descubría preguntándome: “¿Por qué no acabar con este mundo para volver a empezar? ¿Por qué nos hemos ido transformando en pecadores?”. El rumor de un grupo de personas que realizaba una visita guiada me sacó de aquel estado de ensimismamiento. Además de las risas y murmullos, sentí unos pasos que se acercaban muy lentamente. —Roberto, ¿eres tú? Cuando giré el rostro, pude ver a Raquel. Habían pasado ocho meses, 24 días y 16 horas de nuestro primer y único encuentro. —¡Hola, Raquel! —respondí con mucha sorpresa. —¡Qué bueno que te acuerdes de mí! —contestó. Cómo decirle que estaba esperando este momento desde hacía mucho tiempo.
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