48 Poetas y narradores de la Biblioteca Nacional del Perú piso, algo contrariada. Tras abrazarme muy fuertemente, me dijo que no podía volver a verme y que solo había ido para despedirse. La abracé y comencé a besarla; sentía que sus lágrimas bajaban por su bello rostro, y que los latidos de su corazón aumentaban en cada beso. Mientras secaba sus lágrimas con las yemas de mis dedos, cerré la puerta suavemente con el pie. Nos abrazamos con una fuerza que parecía querer detener el tiempo. Había rabia, tristeza y un cariño desesperado mezclándose en cada gesto, como si ambos supiéramos que aquello era una despedida. Pasamos la noche juntos, aferrados el uno al otro, dejando que la pasión y la nostalgia hablaran por nosotros. Fue una noche intensa, llena de palabras susurradas y silencios que decían más de lo que nos atrevíamos a admitir. Cuando descansábamos en la cama, abrazados, murmurando lo extraordinario que había sido todo, pestañeé un instante. Al despertar, Lyaksandra no estaba. Sobre la mesa de noche encontré solo un papel que decía: “¡Nunca me olvides, por favor! Yo no lo haré”. Fue la última vez que la vi. Al no tener noticias de Raquel ni de Lyaksandra, debía buscarme alguna otra afición en la que ocupar mi tiempo y mi cabeza. Fue así como volví a una tendencia adquirida por la práctica frecuente de los días domingos. A primera hora de la mañana, salía del edificio y caminaba en dirección a la Estación Noviciado para tomar la línea 2 del metro, pasando por las estaciones Santo Domingo, Ópera, Sol y Sevilla, hasta llegar a mi parada final, que era la estación Banco de España, situada bajo la calle de Alcalá, junto a la Plaza de Cibeles. Al salir de la estación, tomaba el Paseo del Prado y caminaba por aquel bulevar histórico de Madrid. Hasta puedo recordar el olor de sus flores en primavera y el aroma del cigarrillo de sus paseantes en invierno. El acceso a la pinacoteca era impresionante; en su pórtico podías observar las seis columnas toscanas con pronunciadas cornisas, y el
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