Nuevas voces literarias

139 Nuevas voces literarias de un vestido, un mechón de cabellos femeninos, tierra de un sepulcro abierto y un puñado de monedas, elementos que usará para conjurar el maleficio. Apenas ha avanzado otro tramo cuando su pie tropieza con algo desconocido. Al palparlo entiende que el objeto es una botella de vidrio. La acerca a sus fosas nasales, y aspirando suavemente, capta el aroma de la bebida fresca. Sus sentidos se ponen en alerta. Comprende que el lugar inexpugnable de los curanderos ha sido invadido por alguien desconocido. Sabe de inmediato que aquel objeto no es de otro brujo, no ha sido Casimiro de Chonta, ni doña Edelmira la de Tomaycalla. Es algo peor, es la gente de fuera, los incrédulos, esos curiosos que llegan a profanar los santuarios. Un día —le había dicho también su padre aquella vez, apoyando una mano enorme y cálida en su hombro—, un día todo esto será invadido por la gente de fuera. Entonces ni tú ni yo importaremos, hijo. Cuando lleguen los curiosos, cuando destapen los entierros y se lleven las ofrendas, entonces las ánimas se irán y se perderá el poder del lugar. Yancunta guarda —o cree guardar, que no es lo mismo— la botella en el morral. Recuerda que antes de perder la vista vio a esas personas en otras partes. La gente de fuera, casi siempre extranjeros, caminaban y tomaban medidas, se hacían llamar arqueólogos. A veces se iban y nunca más volvían. Otras veces encontraban los entierros, los profanaban, y se los llevaban. El anciano se detiene unos segundos intentando escuchar un ruido humano. Solo las golondrinas, el viento que gira cerca de él y el ruido aún más lejano del río Supe rompen el silencio. Respira tranquilo. Camina hasta el lugar conocido para depositar su ofrenda a la tierra con el respeto que le enseñó su padre. Hace una oración, bebe un trago de extracto de San Pedro, derrama el resto sobre la ofrenda, y la rocía con

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