138 Poetas y narradores de la Biblioteca Nacional del Perú Los pasos infinitos a José Yancunta Santos (Huacho, 1874-1964) Como todos los días, los pies robustos del hechicero parecen hundirse en la suave arena del desierto costeño. Se siente ligero, como si lo ayudara a andar el viento. Aunque está ciego desde hace muchos años, percibe con claridad su entorno. El aire caliente y acaso una extraña sensación de ardor en la piel le advierten que a esa hora de la mañana el sol ya ilumina con fuerza las dunas sobre las que anda. No muy lejos de donde está, oye unas golondrinas que trinan alegremente. José Yancunta siente sus alegres aleteos y silbidos circulares. Imagina y acaso ve a las avecillas revoloteando en círculos, zigzagueando. Veloces siluetas diminutas, que buscan un lugar en lo alto de las montañas rocosas para anidar. Adivina el sendero invisible entre las arenas. Como otros cientos, acaso miles, de brujos antes de él, se dirige a su destino a paso firme. Aprendió de su padre todo lo que debía saber sobre los conjuros, y aprendió a elegir los sitios sagrados. Había sido hace mucho, hacia 1883, en aquel tiempo en que las tropas chilenas abandonaban Huacho y el Perú. Fue la primera noche en que su padre le pidió que lo acompañara a Chupacigarro, cerca de Supe. Anduvieron toda la noche, iluminados por una Luna llena. En medio del desierto, su padre le predijo el futuro. Le dijo que un día él, José Yancunta Santos, sería conocido como el más grande entre los brujos huachanos. Yancunta lleva consigo las entrañas del cuy que recuerda haber sacrificado la noche anterior. También tiene tres botellas: una con agua, otra con extracto del cactus San Pedro y una con un poco de aguardiente. Las siente, las palpa, o cree hacerlo. Acompañan la carga un retazo de tela
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