50 Era la voz del jefe de las termitas, llamadas también por los hombres comejenes, que desde su gran casa construida en la palmera yarina había estado observando la escena de la señora motelo y sus huevos. ―Muy bien, muchachos, manos a la obra ―ordenó y, seguido por decenas, centenares y miles de termitas, descendieron de la yarina, primero, en fila india y, luego, en columnas de a diez con dirección a la decena de huevos. Uno por uno fueron depositando sobre la superficie de los huevos una sustancia protectora y como las termitas eran miles, en pocos minutos los huevos quedaron protegidos por una gruesa capa parecida a la tierra. Después de un momento, los doce huevos habían desaparecido y, en vez de ellos, la señora iguana, la señora boa de tierra y el hombre lo que encontrarían serán túmulos de tierra. ―Está usted servida, señora motelo ―dijo con amable voz el jefe de las termitas. ―Ni mi vida alcanzaría para pagarle este favor ―le agradeció la señora motelo, tratando de poner la dulzura del ubus en su voz habitualmente apagada y grave. ―No nos cobraremos con su vida, pero sí con los restos de los huevos cuando nazcan los motelitos, porque la cáscara de huevo de motelo es un
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx