estómago y en todo el cuerpo una señal, una sensación que ella y todas las de su familia y su especie conocen ancestral e inmemorialmente: la reproducción. Mientras sus pasos con sus piernas cortas y fuertes son más apuraditos, la señora motelo piensa en voz alta: ―Voy a empezar a poner mis huevos en el camino al ubus; pero si los dejo aquí en el camino, quizás mis hijos no podrán nacer; porque vendrán la señora iguana y la señora boa de tierra y se llevarán los huevos; vendrá el hombre y hará tortillas con ellos. Así iba pensando la señora motelo, y de sus ojos, con cataratas incipientes, salían lágrimas. Sus pasos apuraditos se habían detenido. Estaba quieta y tensa. Hizo un gesto de supremo esfuerzo, contrajo los delgados labios, cerró por unos instantes los ojos y sus huevos empezaron a brotar. Blancos, blanquísimos y redondos como pequeños mundos, cálidos, los huevos formaban un círculo casi perfecto en el camino del bosque. Los rayos del sol que se filtraban por entre las ramas de los gigantes del bosque ―cedros, caobas, shihuahuacos, lupunas y palmeras― producían un fulgor plateado en la docena de huevos. Tucanes, papagayos, loros y otras aves miraban con curiosidad y sorpresa a la señora motelo y sus huevos. La señora motelo empezó a temer lo peor. A muy poca distancia escuchó el característico canto de la chicua, “chii cuaaa, chiii cuaaa, chiiicuaaa”, que anuncia las malas noticias del bosque. Posiblemente la señora chicua había visto ya a la La señora motelo y las termitas
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