Narraciones de la Amazonía

45 Cuando caía la tarde, Lirio del Amanecer volaba otra vez sobre el frondoso bosque del Pacaya-Samiria, buscando un lago donde cenar antes de irse a dormir en su cálido lecho del alto cetico. Fue en una de esas tardes, de un verano cálido en el que toda la naturaleza ―el bosque, los cielos y las aguas― parecía sudar, en que Lirio del Amanecer llegó al lago Shinguito, el más rico en paiches, arahuanas, pirañas, sardinas, sábalos, boquichicos y también cocodrilos. Lirio del Amanecer esperaba con paciencia que un alevino de paiche se extraviara y perdido, se aproximara a la orilla donde, reflexiva y bella, miraba el espejo del agua. Mirando con delectación la impoluta blancura de sus plumas en el espejo líquido, dejó que pasara el tiempo sin advertir que las sombras descendían desde las copas de los árboles, sumergiéndose en el agua. A las sombras siguió la luminosidad celeste de la luna que, colgada primero

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