43 dedicaba a limpiarse y peinarse el plumaje que se reflejaba bellamente en el espejo del agua. Desde lo alto de las lupunas y los ceticos, los patos cushuris y los cernícalos miraban el espectáculo con curiosidad y, a veces, envidia. “Qué garza tan coqueta y tan linda”, pensaba el cernícalo y el martín pescador volaba chillando, tratando de quebrar con su grito el espejo donde se miraba Lirio del Amanecer. Con el sol ya por encima de las ramas de las lupunas, cedros, caobas y capironas, Lirio del Amanecer volaba en dirección del garzal, atravesando lagos, islas y una y otra vez los ríos Pacaya y Samiria. Llegaba, luego de una hora de vuelo, por encima de los árboles más altos del bosque y muy cerca de las nubes blancas de los cielos tropicales. El garzal era el lugar preferido de todas las garzas que habitaban en los contornos del Pacaya y el Samiria. Era una gran isla formada por el río Pacaya y el canal del Puinahua. Allí, en las copas y ramas de los ceticos, habían construido sus nidos miles de garzas. Estaban allí no solo las garzas blancas, sino las garzas de todos los colores: garzas de plumaje rosado, marrón y negro; aquellas de color pardo oscuro con pintas blancas, las de plumaje azulado y otras con los colores del arcoíris. Las garzas venían al garzal a reproducirse. Construían sus nidos, desovaban y criaban a sus pichones hasta que estos emplumaban y, valiéndose de sus propios medios, partían a otros lugares del bosque para edificar su propio hogar. Por eso, el garzal era un mundo curioso, divertido, alegre y hasta dramático, incluso para aquellas garzas que todavía eran solteras. Con cierta frecuencia, por algún falso movimiento que los padres hacían en el nido, por un leve descuido o por imprudencia de los propios pichones, estos perdían estabilidad y caían de los nidos construidos a dos o tres metros de la superficie del agua a una segura muerte porque, debajo de los nidos, estaban los cocodrilos y las anacondas esperando, a toda hora del día y de la noche, que pichones y huevos cayeran de los nidos a sus fauces hambrientas. La garza que creía que la luna era un pez
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