La garza que creía que la luna era un pez de los lagos en las palmeras huiririmas, en las gigantescas lupunas y en las ariscas y espinudas ñejillas. Exquisita hasta en sus costumbres alimenticias, Lirio del Amanecer miraba con displicencia e incluso indiferencia el nervioso desfile de peces bujurquis, la huidiza presencia de palometas, la furtiva aparición de jóvenes sábalos; esperando, para saciar su apetito mañanero, las ágiles sardinas de miradas fluviales y algún alevino de paiche extraviado del atento cuidado de su madre. Después de desayunar, Lirio del Amanecer volaba sobre el bosque en busca de otro lago de aguas apacibles, profundas y oscuras. Allí, en la orilla, entre matas de piripiri y flores victoria regia, se
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