Narraciones de la Amazonía

41 Luego de saludar a los niños, el anciano se inclinó hacia adelante y comenzó suavemente: Esta era una hermosa garza blanca que vivía en una isla entre el serpenteante río Ucayali y el canal del Puinahua. La isla estaba poblada de ceticos, y la garza blanca, a la que sus amigas garzas llamaban amablemente Lirio del Amanecer, había construido su casa en el más alto y añoso árbol de cetico. Lirio del Amanecer, nombrada así posiblemente por la albura de su plumaje donde el sol de la mañana brillaba como en una moneda radiante, había organizado su vida cotidiana de acuerdo con normas y hábitos estables y a veces hasta rígidos. Todo esto a pesar de su fresca juventud. Apenas el día comenzaba a clarear, a eso de las cinco de la mañana en las selvas tropicales, Lirio del Amanecer dejaba su mullido lecho en la rama más alta del cetico y emprendía vuelo con dirección a algunos de los lagos del Pacaya, el río que, junto con el Samiria, tiene la mayor cantidad de lagos en la baja Amazonía del Perú. Ambos ríos tejen, con sus cursos y afluentes, la trama más compleja y armoniosa de lagos en el llano amazónico. En la orilla de uno de estos lagos, descendía Lirio del Amanecer. Con paso cadencioso y elegante, caminaba por la orilla del lago, auscultando el movimiento de los peces que, a esa misma hora de la temprana mañana, salían a buscar comida: los coleópteros y gusanillos que caían de los árboles de la orilla, los frutos maduros desprendidos por el viento de la noche, las semillas y hasta la heces de los pájaros que anidan en los bordes La garza que creía que la luna era un pez

RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx