Narraciones de la Amazonía

40 sin sus perros, los cazadores son peligrosos con sus armas de fuego. Cuando llegan a su hogar, excavado en las cercanías de un gigante cedro cuyas raíces se extienden a diez metros a la redonda, encuentran a la señora araña ocupada en engullirse un zancudo que, en la oscuridad, ha caído en sus redes. ―¿Alguna novedad, Araña? ―interroga amable, pero con apremio, la señora picuro. ―A la hora en que canta la perdiz, con su puntualidad inglesa, pasó por aquí el tigre otorongo. Estaba muy apurado y ni siquiera miró la puerta de la casa ―responde la señora araña con el hilo de su voz. En las habitaciones, los niños duermen con leves y graciosos ronquidos. En el cuarto de los alimentos, la señora shushupe resopla fuertemente, durmiendo enroscada utilizando como almohada su propio cuerpo. ―Mañana volveremos al bosque. El bosque siempre nos espera para darnos nuestros alimentos ―reflexiona el señor picuro antes de cerrar los ojos para soñar con los charichuelos y las quinillas, cuya fragancia y sabor le hacen agua la boca hasta cuando duerme.

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