Narraciones de la Amazonía

39 Cuando llegan al río, la luna, envuelta en una bruma lechosa, apenas ilumina la playa; pero, en la penumbra blanquecina, pueden ver extrañas formas sobre la arena y voces apagadas que susurran. ―Espera. Quédate quieta ―le dice el señor picuro con voz casi inaudible a la señora picuro. El señor picuro abre bien los ojos. Observa con atención las formas sobre la playa. Aguza el oído. Siente que su corazón ha empezado a palpitar aceleradamente. Sus manos están sudando. Su corazón hace más ruido que sus pasos menudos y suaves en la mullida arena fluvial. ―Son cazadores que están descansando sobre la playa. Como hay luna y la noche está clara, tienen dificultades para cazar porque nosotros los podemos ver en el bosque. Por eso están descansando mientras esperan que la luna se vaya a dormir ―susurra a su esposa con voz nerviosa. ―Es una suerte que los hombres estén sin sus perros ―agrega la señora picuro, tratando de dar un tono de serenidad y seguridad a su voz, habitualmente apacible, suave y dulce como la pulpa de la anona. Caminan con paso apuradito en el bosque. Han decidido regresar a su hogar, temerosos de que los cazadores descubran su presencia y los persigan. Aún

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