38 En una circunstancia así, la familia solía salir despavorida por la puerta de emergencia con dirección al río, su única posibilidad de salvación. Momentos después, el señor y la señora picuro se despiden con besos de los niños y le piden a la señora shushupe que esté vigilante, y salen a trabajar en la noche. ―Vayamos con dirección al río. Hace unos días he olido la fragancia de charichuelos y quinillas ―le dice el señor picuro a su esposa. Ella no contesta. Está sumida en sus propios pensamientos. Está pensando en sus hijos que, muy pronto, estarán como ellos, buscando comida en el bosque. Se le escarapela el cuerpo, poniéndole la carne de gallina, pensando en lo que pasaría si el perro del hombre estuviera en este momento tratando de entrar en su casa; pero se consuela al recordar que la señora shushupe es, junto al tigre otorongo, el único habitante del bosque que puede vencer al perro del hombre e, incluso, al mismo tigre otorongo: ―Es una buena guardiana de mis hijos ―musita. ―¡Qué! Estás hablando sola como los monos ―le bromea el señor picuro, haciéndole arrumacos en el gordo cachete.
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